Siempre que leo una nota sobre gestión municipal en mi zona, casi siempre encuentro lo mismo: programas de festejos, conciertos, agendas llenas de eventos. Mucho presupuesto destinado a celebrar, muchas fotos oficiales, muchos titulares que hablan de éxito… y, sin embargo, una sensación persistente de vacío cuando pienso en el día después del programa de fiestas.
Y aclaro antes de continuar, porque es importante: que soy defensora de la cultura. La cultura es necesaria, forma comunidad y nos hace mejores. No es una crítica a la cultura en sí misma.
No es una crítica a la cultura
Lo que me cuesta entender es el desequilibrio.
En mi zona, la oferta cultural y festiva está más que cubierta, incluso sobredimensionada. Conciertos constantes, celebraciones encadenadas, actividades que llenan calendarios enteros. Pero cuando apartas el ruido puntual y miras el conjunto, cuesta encontrar el mismo entusiasmo cuando se habla de proyectos sociales o de mejoras estructurales.
No todo puede ser evento. No todo puede medirse en aplausos de fin de semana.
Cuando el presupuesto mira solo al calendario de fiestas
Hay una diferencia enorme entre dinamizar un lugar y confundir movimiento con progreso.
Invertir en festejos tiene sentido; lo que desconcierta es ver cómo gran parte del discurso político local gira alrededor de eso, mientras otras prioridades políticas locales parecen quedarse siempre para más adelante.
Porque una ciudad o un pueblo no se sostiene solo con escenarios y luces.
Se sostiene con decisiones que mejoran la vida cotidiana, esa que no sale en las fotos oficiales.
El gran silencio en lo social y urbanístico
Y aquí aparece lo que más me inquieta.
Cuando miro alrededor, echo en falta proyectos de mejora urbanística que piensen en barrios habitables, accesibles y preparados para el futuro. Echo en falta debates reales sobre vivienda, servicios sociales o planificación a medio plazo. Echo en falta una conversación pública que vaya más allá del próximo concierto.
La gestión municipal debería ser, sobre todo, una mirada larga.
Una forma de anticipar problemas antes de que se conviertan en urgencias.
Una población que envejece sin planificación
Porque hay algo evidente que nadie parece querer mirar de frente: el envejecimiento de la población.
Dentro de pocos años seremos muchos más mayores de los que somos hoy. Muchísimos. Y, sin embargo, cuesta encontrar proyectos que hablen de residencias, de servicios de apoyo o de entornos urbanos pensados para una vida más lenta y más frágil.
No es alarmismo.
Es simplemente observar lo que viene.
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿cómo puede haber tantos recursos para lo puntual y tan poca planificación para lo estructural?
Celebrar no es planificar el futuro
No es que falte cultura.
Es que sobran fuegos artificiales y faltan cimientos.
Me cuesta entender cómo se puede gobernar mirando solo al calendario de fiestas y no al mapa real de las personas. Cómo se puede celebrar tanto y planificar tan poco. Cómo se puede hablar de éxito sin preguntarse cómo vamos a vivir aquí dentro de diez o quince años.
Y sí, lo reconozco: me hierve la sangre.
No desde la ideología, sino desde el sentido común y desde la preocupación por el futuro inmediato. Ese que llega aunque no salga en el programa de festejos.
Porque celebrar está bien.
Pero gobernar debería ser, sobre todo, preparar el mañana.
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